Alexander Goché y ‘La Kebrada de los Muertos’: el arte de convertir el duelo en ritual

Escribir de música es, al fin y al cabo, un acto de fe ciega. Uno siempre llega a un disco nuevo cargado de sus propias manías, con el mapa mental deformado por todo lo que ya escuchó antes de este mismo autor. Sigo el rastro de Alexander Goché desde esos días en que moldeaba texturas caseras en Old Blood // New Blood y cuando expandió sus sombras experimentales en la saga de EPs Daemonium Abstracta. Escucharlo ahora es ser testigo de cómo alguien decide no ceder a la comodidad del circuito, prefiriendo construir un refugio donde la memoria y la distorsión caminan de la mano. No hay distancia objetiva posible cuando un músico te obliga a mirar de frente el frío de tus propias contradicciones.

Goché nunca ha pretendido ser el arquetipo del artista complaciente; su figura se mueve en los márgenes de una independencia radical, esa que prefiere la trinchera del estudio casero y la autogestión antes que los reflectores vacíos. A través de sus letras, lo que busca proyectar no es un hit radial, sino una mitología personal que dialoga con la aspereza del mundo moderno. Es un creador que entiende las palabras no como simples versos rimados, sino como conjuros para habitar un territorio donde la intimidad más frágil se cruza con una profunda y visceral dignidad colectiva, canalizando tanto el duelo íntimo como la indignación frente al abuso y la inercia de los poderosos.

En este nuevo trayecto sonoro, el disco que llega a través del sello Catenaria Discos, no busca una reinvención forzada que traicione sus raíces, sino que celebra con orgullo el sello inconfundible que ya venía gestando, elevándolo a una categoría superior. Ahí juega un papel fundamental la complicidad en la producción, sostenida junto al pulso certero de Mynezza Morales y las guitarras afiladas de Cyan Young, logrando una amalgama donde el dark shoegaze y los muros de metal progresivo se abrazan de manera natural con el latido de la tierra. Es en ese sincretismo musical donde la magia ocurre: las chacchas andinas, los charangos y los violines no suenan a adorno exótico, sino a una urgencia moderna, dialogando hombro a hombro con sintetizadores envolventes y cajas de ritmos que respiran el mismo aire denso y oscuro.

El viaje lírico y conceptual comienza con el tema homónimo, La Kebrada de los Muertos, una pista de apertura que funciona como un decreto estético donde una guitarra acústica solitaria y el crujir de las chacchas abren paso a una tormenta eléctrica que nos arroja a un valle desolado. Más adelante, el disco despliega su postura más combativa en cortes como El Muro o la tensión asfixiante de La Luna, donde el verso se vuelve respuesta directa contra la apatía. Y hacia el clímax y el cierre, la obra encuentra su dimensión más mística y espiritual en temas como «666» (con su súplica desgarradora de acercarse al fuego para devorar al ego) y la despedida en Cielo Muerto, donde las guitarras densas se vuelven plegarias y el dolor se transforma en gratitud universal.

Este lanzamiento no marca un borrón y cuenta nueva en la carrera de Alexander Goché, sino todo lo contrario: es la continuación más lógica, honesta y sensible de un camino que se niega a negociar su alma. Nos recuerda que la música hecha en Perú, con los pies en la tierra y la mirada puesta en abismos fantásticos, sigue siendo el último gran refugio que nos queda para entendernos humanos.