Cuando el synthpop se codifica en Lima: Ballet Mecánico presenta su álbum debut ‘Primera Secuencia’
La historia de las máquinas bailables suele escribirse desde Berlín, Milán o Manchester, y aún así, hay discos como Primeras secuencias que se niegan a reproducir esos relatos tal como se impusieron. Fernando Pinzás decidió interrumpir la línea recta del synthpop global desde la densidad urbana limeña. Sus secuencias no son reflejos del pasado europeo, sino una transcripción personal de lo que ocurre cuando los sintetizadores colisionan con la arquitectura emocional de una ciudad repleta de apagones, avenidas rotas y estaciones vacías. En ese ruido de fondo, Ballet Mecánico encuentra su lenguaje.
El álbum no responde a la pulsión escapista que suele acompañar a la música electrónica de pista. Acá la pista está en ruinas, y justo por eso es más urgente seguir bailando. Lo que hace Pinzás no es una cita estética a los años 80, sino una traducción del desencanto cotidiano a través de formas que antes parecían ajenas a Lima. La textura sintética no es refugio, es superficie expuesta. Cada beat arrastra las marcas de una ciudad sin memoria, y cada capa instrumental recuerda lo difícil que es organizar el deseo cuando las referencias son fragmentarias.
En este contexto, Primeras secuencias se configura como una escritura electrónica de lo periférico. Pinzás desactiva los lugares comunes del synthpop glamuroso para ensayar un idioma afectado por los traumas nacionales. Sus sintetizadores no buscan decorar, ni sus loops simular euforia. Lo que se escucha es un intento por armar una forma propia desde los escombros de otras formas. Todo lo que suena ha sido reconfigurado desde una realidad atravesada por apagones, represión y pérdida, como si esas experiencias hubieran oxidado la superficie brillante del género hasta dejarla en carne viva.
Ballet Mecánico no cita, interpreta. Su synthpop no copia ni rinde tributo. Se trata de una práctica artística que reconoce sus referentes sin entregarse a ellos. Las secuencias bailables son vehículos para una subjetividad marcada por el error, la interrupción y la relectura. Este álbum no se explica desde lo técnico, sino desde una tensión: la de apropiarse de herramientas ajenas para hablar de territorios ignorados por la narrativa electrónica tradicional. En lugar de recrear un canon, lo desmantela con paciencia, como si cada compás revelara una grieta que siempre estuvo ahí.
Por eso Primeras secuencias no aspira a insertarse en una corriente ni responde a la urgencia de la novedad. Funciona mejor como documento anómalo, como una coreografía de lo periférico que encuentra en los sintetizadores un medio para decir lo indecible.
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