Guitarras en tiempos de plástico: el esperado regreso de 3 Yardas con su nuevo EP ‘Despertar’
Volver cuando nadie lo espera es, a veces, lo más honesto que puede hacer una banda. 3 Yardas podría haberse reconfigurado para este 2025, maquillando su sonido o siguiendo la ola de producción digital que barre con todo lo que tenga distorsión y aspereza. Pero no. Despertar aparece como un gesto a contracorriente, tan incómodo como necesario. No nace del algoritmo, ni responde a una nostalgia rentable. Se trata más bien de una urgencia personal, de la necesidad que sobrevive al tiempo, incluso cuando el entorno parece no tener espacio para ella.
La escena cambió. La Lima de 2025 no es la de 2003 ni la de 2014. Los códigos también mutaron: se privilegia lo limpio, lo bailable, lo sintetizado. Publicar un EP con guitarras frontales, atmósferas densas y letras que duelen no es una apuesta de mercado. Despertar se siente más como un salto de fe, como una respuesta a la incomodidad de callar. Cada track se balancea entre lo feroz y lo frágil, y esa tensión no busca resolverse: es parte de su arquitectura emocional. La ansiedad, el perdón, la confusión frente al paso del tiempo, la distancia con uno mismo… todo está expuesto, sin filtros.
La producción de Ricardo Méndez conserva ese filo imperfecto que tanto ha desaparecido en la era del compresor omnipresente. Por momentos, el disco suena a diario abierto, a ensayo que se desarma. Pero eso es justo lo que lo hace tan punzante. “Desiguales”, la balada rota que aparece al final, no suaviza el golpe; lo acompaña. Las canciones se sienten vividas, no diseñadas. Y eso, en estos tiempos, incomoda. Lo que en 2003 era necesidad colectiva, hoy parece una extravagancia personal. Por eso Despertar funciona mejor cuando uno deja de esperar que encaje.
Al final, 3 Yardas no ha vuelto para recuperar un lugar. Quizás ni lo quieren. Su regreso no es un plan, es una insistencia. Persisten con las herramientas de siempre: guitarras graves, letras sin metáforas innecesarias, una honestidad incómoda. Siguen hablando en su idioma, aunque ya casi nadie lo entienda igual. No buscan un lugar nuevo. Simplemente no aceptaron desaparecer.