JUAN CAMBORDA: HACER CINE SIN PEDIR PERMISO

El cineasta ayacuchano Juan Camborda es un ejemplo de la determinación, autogestión y  necesidad de seguir creando incluso cuando las condiciones parecen insuficientes

Hacer cine en Ayacucho nunca ha sido sencillo. Durante años, la falta de recursos, espacios de formación y circuitos de exhibición obligó a muchos realizadores a encontrar sus propias formas de producir y compartir sus películas. Aun así, varias generaciones de cineastas decidieron seguir filmando, construyendo una tradición audiovisual que logró mantenerse viva al margen de la industria y del centralismo cultural.

Dentro de ese proceso se encuentra Juan Camborda Cruz. A lo largo de más de dos décadas, ha participado en distintas etapas de la realización cinematográfica: ha escrito guiones, producido, editado y dirigido películas que exploran temas diversos, desde la vida cotidiana en Ayacucho (Frágil), las secuelas de la violencia política (Secuelas del terror), las festividades religiosas (Apuyaya) y el cine de terror (Infectados).

Su trayectoria refleja una característica común del cine regional peruano: la necesidad de asumir múltiples funciones para sacar adelante cada proyecto. Más que una carrera desarrollada bajo condiciones ideales, la suya ha estado marcada por la búsqueda constante de alternativas para seguir creando.

Hoy conversamos con él.

¿Cómo fue su acercamiento e inicio en el cine?

Mi acercamiento al cine se remonta a mi niñez. Mi familia era bastante cinéfila y el cine era un espacio que frecuentábamos mucho. Además, tuve la suerte de conocer de cerca el funcionamiento de un proyector en el antiguo cine Cáceres, una experiencia que me marcó profundamente y que, de alguna manera, despertó en mí una fascinación por el cine y por todo lo que ocurre detrás de una proyección cinematográfica.

¿Cuál crees que ha sido el principal reto que enfrentó en su devenir cinematográfico?

El reto siempre ha sido el mismo: la falta de una industria que ayude a consolidar el cine como una actividad económica autosostenible. Desde los inicios, el apoyo del Estado y de las instituciones privadas ha sido poco o escaso.

Otro problema en Ayacucho, sobre todo en aquellos años, fue la falta de conocimiento técnico, formación y equipos. A inicios de los años 2000, muy poca gente creía que en Ayacucho se podía hacer cine. Sin embargo, por encima de todas esas carencias, creo que existió una fuerte determinación por hacer cine. Esa voluntad fue, finalmente, lo que permitió que varios realizadores empezáramos a crear desde nuestras propias posibilidades.

¿Es posible seguir haciendo cine independiente en Ayacucho?

En la actualidad, debería ser más fácil hacer cine independiente. La tecnología y el acceso a herramientas audiovisuales son ventajas con las que no contábamos en los inicios del cine ayacuchano.

Muchos realizadores jóvenes tienen miedo de arriesgar, hacer algo por iniciativa propia o empezar con los recursos que tienen a la mano. Veo jóvenes que necesitan un estímulo externo para hacer algo o, en el peor de los casos, esperan que el Ministerio de Cultura les otorgue algún apoyo económico para recién iniciar un proyecto. Por eso, más que posibilidades técnicas, creo que lo que hace falta es determinación.

¿Cómo ha cambiado su forma de hacer cine desde sus primeras películas hasta hoy?

Entre otras cosas, ha cambiado mi relación con las limitaciones. Al principio las veía como obstáculos; ahora las entiendo como parte del proceso creativo. En el cine independiente, muchas soluciones nacen precisamente de la falta de recursos. Esa carencia obliga a inventar, a adaptar, a buscar un lenguaje propio.

¿Qué recomendaciones les podría brindar a los nuevos realizadores ayacuchanos?

La recomendación que siempre les doy a los jóvenes realizadores es que arriesguen. Más aún ahora, que se avecinan tiempos complicados para la cultura en general y para el cine en particular. Creo que los nuevos realizadores deben atreverse a crear desde sus propias miradas. Deben filmar, equivocarse, aprender y seguir construyendo un cine propio, honesto y necesario.

¿Cómo ha cambiado tu forma de hacer cine desde tus primeras películas hasta hoy?

Entre otras cosas, ha cambiado mi relación con las limitaciones. Al principio las veía como obstáculos; ahora las entiendo como parte del proceso creativo. En el cine independiente, muchas soluciones nacen precisamente de la falta de recursos. Esa carencia obliga a inventar, a adaptar, a buscar un lenguaje propio.

¿Qué crees que lo sostuvo cuando las condiciones parecían insuficientes para seguir adelante?

Creo que lo que me sostuvo fue, principalmente, la determinación. La convicción de que es posible hacer cine incluso cuando todo parece indicar lo contrario, la necesidad de contar historias desde Ayacucho, desde sus conflictos, sus personajes, sus heridas y también desde su fuerza sin depender únicamente de condiciones externas.

En ese sentido, las carencias también formaron parte de mi aprendizaje. Me enseñaron a ser más terco, más paciente y más creativo. Creo que lo que finalmente sostiene a un realizador independiente es una mezcla de vocación, resistencia y necesidad. Uno sigue haciendo cine porque siente que, a pesar de todas las dificultades, todavía hay algo que necesita ser contado.