Kachete mira de frente al reloj: videoclip de “El Tiempo” y el retrato sincero de una nueva etapa

Hay videoclips que funcionan como promoción, y hay otros que respiran como extensión de una verdad. El que acaba de lanzar Kachete para su sencillo El Tiempo pertenece a esa segunda clase. Filmado en una antigua casona del centro de Lima, dirigido por Francisco Luna y producido por Chanfle Producciones, el video captura una madrugada suspendida, donde cada gesto parece decir: “esto también soy yo, ahora”. No hay montaje vertiginoso ni edición para impresionar. Lo que hay es un hombre frente a su tiempo, frente a sí mismo.

Las paredes desconchadas, los techos altos, la penumbra matizada por luces cálidas: todo en el espacio elegido habla de permanencia, de belleza erosionada. Es una arquitectura que se resiste al olvido. Y es también una metáfora visual de lo que propone la canción. Kachete camina por esas habitaciones como quien ha dejado de correr. Ya no necesita perseguir nada. Mira, respira, recuerda. Y aunque no dice todo, lo sugiere sin presionar. La cámara tampoco se impone: acompaña, observa, se detiene cuando hace falta.

Musicalmente, El Tiempo es un giro elegante, trabajado con una delicadeza que no confunde pausa con fragilidad. Gonzalo Farfán compone desde la contención, y Kachete escribe con el pulso de alguien que ha vivido suficiente para dejar de complacer. La armónica de Javier Kings no acompaña: flota como una idea fija. El poema final, declamado por Gabriel Gargurevich, no subraya nada: abre más preguntas. Todo parece diseñado para acompañar al videoclip, y viceversa. Es una obra doble que encuentra su centro en la honestidad.

Lo que propone este videoclip va más allá de la canción. Es una toma de posición frente a una industria que arrincona a los artistas con más años de carretera. La juventud es rentable, lo inmediato vende. Pero Kachete se aparta de esa lógica. No necesita disfrazarse ni rejuvenecer. Se planta con las arrugas bien puestas, y con la mirada intacta. El video no lo glorifica: lo humaniza. Y en tiempos de filtros y discursos optimistas, eso vale más que una estética de cartón.

El Tiempo, en su versión audiovisual, deja claro que Kachete ya no está corriendo detrás de nada. No necesita gritar ni demostrar. Tiene algo que escasea: permanencia, mirada, tiempo. Y ha decidido mostrarlo en una pieza que no busca aplausos inmediatos, sino quedarse resonando en quienes aún creen que la música —y la vida— pueden decir más cuando se les deja respirar.

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