VOLVER A LA SEMILLA. KILLA LLUQSIMUN de Sylvia Falcón, 2008.

El 15.º Festival Internacional de Cine y Comunicación de los Pueblos Indígenas organizado por Chirapaq había seleccionado un documental que produje y codirigí, El retablo de mi protesta, sobre las masacres sucedidas en diciembre de 2022. La organización pagó los viáticos para una persona y tuve el gusto de viajar y conocer a numerosas personas de distintos pueblos de Ecuador, Finlandia, Canadá, Colombia, Guatemala, México, Brasil, Honduras, etc. Todos se reconocían indígenas y venían vestidos con las prendas de su comunidad. Yo llevé un ponchito que compré en Huaraz cuando fui a visitar a mi querida amiga, la educadora Luz Gamboa.

Estuvimos una semana viviendo juntos en una casa de reposo en Barranco, la Casa Osma. La estancia daba al mar y pudimos observar en las noches, la costa verde limeña. Una de esas noches conocí a la activista y cineasta Priscila Tapajowara, una hermosa brasileña de Belem do Para que vestía con prendas coloridas y colgantes de flores y semillas. Nos enamoramos intensamente, conscientes de que en unos días nos íbamos a separar.

La última noche premiaron los trabajos ganadores en el Gran Teatro Nacional. En la categoría en la que participé, ganó un documental impresionante: “Yuyaymanta”, un trabajo ecuatoriano sobre las protestas convulsas contra el entonces presidente de aquel país, Guillermo Lasso. Priscila, quien estaba a mi lado, me preguntó si me entristecía no haber ganado. Tenía sus manos entrelazadas con las mías. Yo estaba viviendo una semana de ensueño. Vi sus ojos y rocé su mejilla. La miré fijamente y le dije con la sinceridad de alguien agradecido: “Pero si yo ya he ganado”. Y le besé en la frente como quien se despide de un ángel.

Para cerrar el evento, se presentó la soprano Sylvia Falcón. El momento fue mágico. Las luces oscurecieron todo el recinto y solo alumbraron a la pequeña, delicada y hermosa cantante, quien apareció ataviada con una tiara dorada y brazaletes de plata, junto a un vestido que mezclaba colores andinos con alta costura. Ella caminó hacia el centro del escenario y la música de orquesta empezó a sonar suave. La soprano cantó “Paras”, una canción en quechua donde el registro de su voz se adueñó de todo el teatro. Priscila me sujetó muy fuerte de las manos, me dijo que mi país era un lugar hermoso. Yo no tenía tan buen concepto de mi país, siempre me había parecido un lugar doloroso, desigual, profundamente quebrado. Pero mi país también es Sylvia Falcón.

La voz de Sylvia alcanzaba registros agudos que parecían silbidos. Después averigüé que ella era una soprano de coloratura, lo cual significa que su voz es aguda y ligera, como las voces de muchas mujeres andinas que cantan en las fiestas costumbristas del sur andino. De esas voces, se nutre Sylvia para producir junto al gran Daniel Kirwayo, su primer disco “Killa Lluqsimun” que significa “Cuando sale la luna”.  Trece canciones que recogen música tradicional de Ayacucho, Cusco, Arequipa y Huancavelica.

Esa noche tuve el gusto de escucharla, junto a cineastas de todo el mundo. Todos quedamos impresionados por la belleza de su voz. Quiero creer que el arte puede cambiarnos. Con su voz, yo entendí mi condición en el mundo. Al llegar al festival me preguntaba si yo era indígena. Nunca había vestido ojotas o ropa tradicional, mis padres no me habían enseñado su lengua materna, el quechua. Había estudiado en un colegio particular donde el acento andino de algún compañero era motivo de burla general. Había vivido de espaldas a mi propia identidad. Aquella noche, con la voz de Sylvia y la música de Kirwayo, conecté con mis olvidos. Supe que era parte de esa gran masa de andinos que habían vivido lejos de su andinidad.

Yo no me iba a convertir en hablante de quechua al instante ni usar desde ese momento ropa tradicional andina. La andinidad no es una pose. La andinidad era mi reconocimiento de mis pasados, mi vinculación con la tierra y el territorio, mi reconocimiento de los vínculos que me unían con mi comunidad. Yo era un andino que hablaba en español y que podía disfrutar música en otras lenguas, pero que reconocía de dónde venía y se sentía orgulloso de la belleza que muchas veces no observaba.

Creo que la música nos puede mejores personas. Sylvia, sin saberlo, lo logró conmigo. Desde ese día, siento, que mi corazón, mi sonqollay, es un poco más amplio, más real, más sincero. Y me quiero.