EL FUTURO FUE AYER. SILVANIA: PAISAJE III, 1994
El reloj y el calendario son las formas más mundanas que tenemos para medir el tiempo. Miremos las manecillas de cualquier reloj: a simple vista avanzan hacia lo que llamamos adelante. La idea de un tiempo lineal implica que el pasado ya ha ocurrido y el futuro aún está por suceder. De ese pensamiento derivan nociones como causa y efecto o principio y fin. Esta noción de temporalidad sugiere que el desarrollo va hacia adelante, que nos encaminamos hacia el futuro y que vamos dejando el pasado inexorablemente. Pero yo no creo en los relojes.
Para el físico teórico Stephen Hawking el tiempo no fluye como un río donde al parecer cada uno de nosotros sería inexorablemente arrastrado por su corriente. El físico señala que el tiempo es como un río, pero en otro sentido, fluye a diferentes velocidades y en distintos sitios. Culmina señalando que ahí está la clave para viajar al futuro.
El viaje cuántico es un concepto de desplazamiento hacia adelante o atrás en diferentes puntos del tiempo, similar a como uno se puede desplazar en el espacio. Algunas interpretaciones de viaje en el tiempo sugieren la posibilidad de viajes entre realidades o universos paralelos.
Todo es teoría cuántica, que no es nada más que un conjunto de reglas que explican cómo funcionan las partículas muy pequeñas, donde las reglas cambian cuando te mueves, como si de repente pudieras atravesar paredes o estar en dos lugares al mismo tiempo. A esos niveles infinitesimales, las partículas actúan de manera extraña e inesperada, aparecen en diferentes lugares al mismo tiempo o se comunican instantáneamente a larga distancia, todo lo cual es muy diferente a lo que vemos en nuestro día a día.
Esta discrepancia entre la visión clásica y cuántica del tiempo nos invita a reflexionar sobre la naturaleza misma de la realidad y nuestra percepción. Debemos abrir nuestra mente a nuevas posibilidades y aceptar la idea de que el tiempo es mucho más complejo y misterioso de lo que creemos.
Aterrizando estos conceptos al mundo sonoro podemos señalar que muchas canciones, álbumes, producciones del pasado, han sido construidas mañana.
Desde finales de los convulsionados años ochenta, Silvania ya existía. Mario Silvania y Coco Cielo, dos ángeles sonoros, viajaron a España y, en Madrid, en 1991, construyeron y dispararon su primer cometa, es decir, su primer EP: “Miel Nube Hiel”, bajo el sello discográfico Elefant Records. En España, el disco fue considerado EP del año. Habían plantado bandera en la eternidad de la órbita lunar. Su viaje continuó sin descanso; para 1992 sacaron su álbum de estudio “En Cielo de Océano”, considerado álbum del año por la revista Spiral. Fueron aclamados por la Radio Nacional de España, revistas como Melody Maker y New Musical Express le rindieron pleitesías. Dos extraterrestres que en las tardes de barranco miraban con nostalgia el mar, parecían haber encontrado su planeta.

Fue 1994 el año que vio despegar la nave nodriza llamada “Paisaje III”. Éxito internacional, telonean a Stereolab y Moonshake. Para nombrar el viaje que estaban realizando, el divino Coco Cielo lo etiquetó como “Electroclash”, remixes futuristas, sonidos etéreos, viajes astrales sonoros.
Paisaje III es un viaje de 56 minutos con canciones icónicas como Niño Unicornio, Nudo de Cielo y Delfín, Raymi, Mar Amar, Navegación, Pequeña Hélice. Para oír Paisaje III hay que entender la música como un viaje, como un mapa, como una intuición sonora. Para viajar dentro de él hay que cerrar los ojos, olvidarse de la mundanidad del sonido común y permitirse despegar por dentro. Coco Cielo y Mario Silvania son el futuro, hicieron una música que pudo haber nacido en el año 0 o en el siglo 56. Las vanguardias se ríen de los calendarios, el sonido es libertad, viaje y exploración.
Coco dejó este plano en 2008, Mario aún sigue navegando el sonido. La música actual parece haber retrocedido siglos, los oyentes también. Sin duda, el futuro fue ayer.