DIEGO PALOMINO ZEA: HACIA LA HONESTIDAD DE UNA MIRADA
Lejos de las certezas, Palomino Zea entiende el cine como un espacio para formular preguntas, explorar nuevas formas de mirar y habitar las imágenes con honestidad
Realizador audiovisual, programador, curador y docente, Diego Palomino Zea es muchas cosas, pero sobre todo alguien en constante construcción. Formado en cine desde diversas aristas y ganador de becas y estímulos económicos del Ministerio de Cultura, pertenece a una generación de realizadores que, además de producir imágenes, reflexiona sobre las condiciones, los lenguajes y los modos de circulación del audiovisual contemporáneo.
Cada etapa de su aprendizaje ha estado marcada por formas distintas de acercarse al cine, procesos que han coincidido también con cambios en su manera de entender y habitar el mundo. Porque más que una disciplina ligada al tiempo libre, el cine es para él una práctica cotidiana: su trabajo, su pasión y una forma de relacionarse con la realidad.
Tras un deslumbramiento inicial por las posibilidades estéticas de la imagen, se acercó al cine de no ficción, a los relatos íntimos y personales, aunque hoy considera que ese camino también tenía sus límites. Nos habla de procesos, choques, caídas y descubrimientos que fueron abriendo nuevas rutas en su pensamiento. Actualmente atraviesa una etapa de exploración del lenguaje cinematográfico, intentando comprender la naturaleza de la imagen y su capacidad para responder a los desafíos de lo contemporáneo. Su pregunta, hoy, gira en torno al lugar que ocupa el cine en este siglo.
Hoy conversamos con él:
¿Es posible aún hacer cine independiente en Ayacucho?
Siento que la independencia absoluta es imposible y, al mismo tiempo, casi todo el cine local es independiente, si lo definimos por la capacidad estatal de intervenir mediante financiamiento. Por otro lado, incluso la obra más pequeña requiere un acto colaborativo, un vínculo interpersonal, y eso la convierte también en una práctica de interdependencia. Además, con la democratización de las herramientas audiovisuales, la posibilidad de crear es cada vez más accesible, lo que abre la puerta a una pluralidad de miradas, formas y modelos de producción.
¿Cuáles crees que han sido los principales retos del cine independiente en Ayacucho?
Creo que el principal reto del cine independiente ayacuchano ha sido su desarrollo diverso y aislado. Los cineastas locales son como pequeños faros que brillan de manera independiente, pero con pocas posibilidades de establecer un diálogo constante entre sus obras y entre ellos mismos. Esto dificulta comprender el estado de nuestra cinematografía y termina impidiendo la consolidación de algo que pueda identificarse claramente como un cine ayacuchano.

¿Qué nos falta para consolidar un cine independiente ayacuchano?
Armando Robles Godoy señalaba que no se podía hablar de cine peruano cuando se estrenaban apenas dos o cuatro películas al año. Pienso algo similar respecto al cine ayacuchano. Es tan escaso y diverso el material producido que resulta difícil identificar algo que pueda llamarse propiamente cine ayacuchano.
Quizá sea más preciso hablar de una cinematografía ayacuchana: el cine popular de los años noventa y dos mil, las películas de Palito Ortega vinculadas a la memoria y al conflicto armado interno, o las búsquedas más contemplativas y experimentales de los realizadores jóvenes. En todo caso, para consolidar un cine ayacuchano necesitamos más películas y que sean los propios ayacuchanos quienes cuenten sus historias. Muchas veces llegan realizadores de la capital o del extranjero, retratan nuestro territorio y luego se marchan. ¿Qué mirada puede quedar de aquello?
¿Es importante la crítica?
Antes, la crítica era dura y los festivales rara vez programaban obras regionales porque las consideraban inferiores. Hoy la situación ha cambiado, pero no necesariamente para bien. Existe cierto temor a formular opiniones negativas sobre las películas regionales. Se elogian las intenciones o los temas que abordan, como si fuera posible separar el contenido de la forma.
Algo similar ocurre con algunos festivales, que incorporan cine regional como una cuota de representación. Todo esto dificulta la evolución crítica de una cinematografía. ¿Cómo puede avanzar una tradición audiovisual si todo lo que recibe son aplausos?

¿Qué crees que es lo más importante en el cine?
La honestidad. No la verdad que pueda ofrecer una imagen, porque ninguna puede hacerlo. Me refiero a la transparencia de reconocer desde qué mirada se construye una película. A la conciencia del propio sesgo y, por lo tanto, al respeto. Porque el cine, en todas sus dimensiones, es un encuentro con el otro.
¿Cuál es la pregunta que llevas años persiguiendo y todavía no consigues responder?
Creo que me quedo con una frase de Fernando Birri en la EICTV: “La pregunta que debemos hacernos, más allá de qué queremos ser o qué queremos hacer, es qué somos capaces de hacer mejor”.
Esa sería mi gran pregunta. No la persigo como quien sale de cacería; más bien espero encontrarla, como quien pesca en un estanque, probando distintos anzuelos y distintas carnadas.
¿Qué recomendarías a los nuevos realizadores audiovisuales de la región?
Que sean conscientes de su medio de producción y del territorio que habitan, y que creen en función de ellos. Parece una idea repetida, pero históricamente hemos visto en nuestra región muchas obras que intentaron emular el cine de género norteamericano.
Debemos desarrollar un lenguaje propio, local, un modelo de producción que dialogue con lo que nos rodea. Tal vez resulte menos espectacular, pero también más cercano, más auténtico y más posible. Debemos hacer nuestras las imágenes, entrenar la capacidad de observar, encontrar valor incluso en aquello que parece efímero y permitirnos desaprender.
No se trata de buscar la cámara más cara o las luces más grandes, sino de priorizar el encuentro, la escritura y la observación. El cine es un arte volátil. Déjense encender.

Diego Palomino Zea es director, programador, docente y productor cinematográfico peruano. Estudió Comunicación Audiovisual y cuenta con especializaciones en Gestión Cultural y Cine Documental en la EICTV de Cuba. En 2021 fue seleccionado para el Industry Academy del Festival de Cine de Locarno (Suiza) y en 2026 participó en ENTRE SURES II, taller de programación y curaduría para Iberoamérica y el Caribe organizado por FICUNAM.
En 2022 fundó Retama, Festival de Cine Latinoamericano, en la ciudad de Ayacucho, uno de los principales espacios de exhibición y discusión cinematográfica de la región. Ha sido programador en festivales de México, Ecuador y Ancash. Colabora en diversos proyectos artísticos, musicales y publicitarios con propósito social, además de ejercer la docencia.
Es ganador de Estímulos Económicos para la Cultura en las áreas de Formación, Cortometraje y Gestión Cultural. Actualmente reside entre Lima y Ayacucho, donde desarrolla labores de asesoría y acompañamiento a diversos proyectos audiovisuales y cinematográficos.